El Padre Gumilla, sacerdote jesuíta, cientifico y explorador del siglo XXVIII y con quien Venezuela tiene todavía pendiente una deuda de gratitud, reseñó en una de sus obras un lugar por demás exótico de ese río maravilloso que es el Orinoco. Se trata del conjunto de piedras de Amivalacá. Estas rocas de gran tamaño, de un color gris profundo, según el erudito Gumilla, tenían la propiedad de emitir notas musicales y sonidos que eran transportados a grandes distancias. Esta sonoridad era usada para convocar, en las épocas precolombinas, a los pobladores de las comunidades del gran río o avisarles de peligros inminentes. Estas piedras de gran valor arqueológico permanecen ignoradas, allá en las cercanías de Santa María del Orinoco, más al sur de La Urbana, en el Estado Bolívar. ¿Y qué tiene que ver este tema con las montañas merideñas? Podría pensar el lector.  ¿Acaso se equivocó el articulista o el editor de este texto? No, es la respuesta. Aquí en la Serranía Norte de Mérida existe una piedra con increíble similitud del conjunto de Amivalacá de las tierras guayanesas. Esta es la piedra que corona el pico El Tambor, el cual recibió este nombre -precisamente- cuando los colonizadores españoles conocieron la propiedad que tenía de emitir sonidos y del uso que le dieron los indígenas a la piedra.
El Tambor,  de 3.325 metros de altitud, está ubicado en dirección suroeste justo al frente de la gran cumbre de esta zona, el pico El Campanario (4.225 mt.). Las dos cumbres no son las más altas de la cadena andina venezolana y suelen pasar desapercibidas en muchas guías turiísticas. Sin embargo, los dos picos, el conjunto de lagunas que los rodea y los valles abruptos que se abren haste el Lago de Maracaibo, constituyen una zona espectacular. Ambos picos estaban estrechamente vinculados con la mitología y los rituales de los moradores de las culturas timoto- cuicas. Fueron ellos quienes le dieron al pico El Campanario un nombre de gran significado; le llamaron Characot Apirá,  que significa "casa de piedra"  y  era considerado el sitio donde se crearon todos los seres vivos, en esa cima  nacieron y de allí partieron para poblar la tierra. Allí vivían los Cheses, (Ches: Dios) que eran poderosas deidades regentes del lugar y que según las leyendas moraban en las lagunas y en las piedras. Desde esa atalaya las deidades observaban el devenir de la vida. Los sacerdotes, piaches y los jefes guerreros acudían en ciertas festividades para hacerles ofrendas rituales a los Ches y así ganar los favores de su bondad y aplacar su furia. Una de las fechas más significativas que era festejada era la luna llena que seguía al   solsticio de primavera (21 de Marzo). Era una conmemoración vinculada con los poderes del sol y de la luna, con la fertilidad de los suelos y las entidades de lo masculino y de lo femenino. Una sola vez al año, durante esa la madrugada, se encontraban cara a cara el sol naciente tras los muros de El Campanario y la
luna, que se ponía tras la efigie oscura de El Tambor. Los dos astros enfrentados se veían  y esparcían su luz y su bondad. Durante la ceremonia se hacía sonar la piedra ritual con grandes macanas, como una forma de hacer participar a todos lo que acontecía arriba en la cúspide. Eso es lo que dice la tradición. Por mi parte debo añadir que a lo largo de estos años solamente he tenido la oportunidad de presenciar una vez este espectáculo del sol y la luna dándose la cara teniendo como marco El Campanario. Fue un instante fugaz y en cierta forma lleno de divinidad. Algo me conectaba en ese momento con los antiguos rituales indígenas de la montaña sagrada. Como una marca impreganada en la genética andina, todavía hoy perdura la costumbre de ofrendar al Ches de la montaña y de las lagunas, cuando se sube a sus predios. Los antropólogos y arqueólogos que han estudiado las culturas andinas dicen que esta zona es rica en yacimientos y tumbas. También afirman que las cimas y las lagunas eran sitios de veneración. A pesar de que la zona forma parte del Parque Nacional Sierra de La Culata, se sabe que muchas tumbas han sido profanadas, para colocar en el mercado negro sus vasijas y sus huesos. Los vecinos del páramo me han contado que manos inescrupolosas han descubierto estos yacimientos y se han llevado lo que es patrimonio de todos los venezolanos. En este tráfico hay extranjeros que pagan muy buen dinero por los objetos encontrados.  Me parece que las autoridades deben tomar más en serio la preservación de una zona rica por sus bellezas naturales y por su pasado precolombino. Quiero referirme, además, a otro rincón sorprendente de este sector del Estado Mérida. El llamado Puente del Diablo es una formación natural de piedra que cruza el río Capaz con una majestuosa  curvatura y que fue tallado por la fuerza del río durante millones de años.
Puente del Diablo
Cuando llegamos al puente es emocionante la caminata a través de la espesura del bosque, por una camino resvaladizo hasta llegar a la oriilla del río. Después de unos minutos se llega al cauce brioso y cuando uno eleva la mirada ve esa formidable estructura granítica: un puente construido por la naturaleza y que la torpeza humana remató de forma grotesca. Lamentablemente debo explicar que este puente tiene también  una nota discordante. Resulta que algún oscuro tecnóctata de la democracia decidió olimpicamente que este puente natural podía -perfectamente- servir para el tráfico de vehículos en una carretera que estaban construyendo. De esta manera el Puente del Diablo está ahora flamantemente asfaltado y revestido de concreto. Pero nada es perfecto y quizá en el futuro las próximas generaciones tendrán la lucidez de deshacer este entuerto. De todas maneras, les digo que el Puente del Diablo tiene una perspectiva exquisita desde abajo, en el río. Y  que vale la pena visitarlo. Les dejo, eso sí, la incógnita del origen de su nombre, ya que esto forma parte del ritual de la visita al Puente. Es una experiencia única escuchar de boca de uno de los baquianos esta historia, teniendo como eco la resonancia del las aguas batiéndose contra las piedras. Y no voy a dejar pasar por alto otra originalidad que ofrecen los despeñaderos que rodean el Puente del Diablo y que se suceden río abajo. Se trata de la población de guácharos (Steatornis caripiensis) que habitan las cavidades y cuevas de los riscos. Los científicos de la Universidad de los Andes han estudiado la mermada población de estas aves y han elevado sus voces de alerta para que sean protejidas.
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MITOS Y LEYENDAS
Anton Goering,  pintor y naturalista alemán del siglo XIX visitó este paraje durante sus andanzas por estas latitudes y plasmó en un óleo la fuerza de este caudal y la belleza del bosque nublado circundante.         (pulsa la imagen)
El Tambor
Campanario
Bueno, amigos, espero que les haya picado en algo la curiosidad por conocer este valle del río Capaz, repleto de mitología que recuerda las épocas pasadas cuando eran habitado por los capaces y que esconde  tesoros arqueológicos aún por develar  y una fauna exótica como los guácharos.